Así no se mata un hombre


Los vecinos dicen que escucharon de pronto un rafagazo. Tra ta ta ta ta ta ta! Tra ta ta ta ta ta ta! El tiempo pareciera que hubiera suspendido su transcurrir. El profesor Santander que pasaba por allí lo vio todo. Eran dos. Uno que disparó. El otro lo esperaba allí mismo a la vuelta de la esquina en una bicicleta. Salieron montados los dos en la bicicleta hacia los lados del Peaje. Hubieron otros que los vieron, pero ninguno se atrevió a decir nada. Solo sabemos que Santander vio porque alguien lo vio a él pasar cuando sonaron los tiros. Un ‘bolitero’ que se apostaba en el billar de enfrente había desaparecido como por encanto.

Pasado el primer momento de desconcierto, siguió un silencio profundo, pesado. Que se tomó todo el ambiente. Que como un manto acabó con todos los demás sonidos. Que paró el latir de los corazones de los vecinos. Que dejó en blanco las mentes. Nadie alcanzaba a dimensionar la tragedia. Todos sabían que había sido una tragedia, pero nadie, ninguno o ninguna, pensó que sería así. Alguien se asomó y gritó:

-Mataron a Joselitoooo!

Todos los vecinos comenzaron a salir. La vieja Tere, la ‘chismosa’ del barrio, como le decíamos cariñosamente, salió corriendo secándose las manos en el delantal. ¡Nooo, noooo, no es posible. Dios Mío! –gritó. Ella quería a Joselito como un hijo. Cada día salía de su casa, pasaba por la Farmacia y le decía: “Jose, supiste lo que pasó anoche en…” Y así repasaban los últimos sucesos de la barriada. ‘Chismoseaban’, les decíamos nosotros. Ese grito desgarrado estremeció el alma de los que estaban saliendo de sus casas. Había salido de lo profundo de su ser, como de alguien a quien hubieran matado a su hijo. El grito se escuchó hasta en la casa de Joselito, y claro, los disparos también. Salieron corriendo. Todos se atropellaron en la puerta, ansiosos, desesperados. Corrieron los 40 metros que separaba la casa de la Farmacia, en medio la Avenida. Ya se habían agolpado algunos vecinos. La escena era impresionante, enmudecedora. Joselito estaba tendido en el piso en medio de un charco de sangre, de lado. Su cuerpo había sido impactado por 14 balazos de 9mm, de Ingram. El sicario llegó y le pidió unas pastillas, Joselito lo miró y se dio vuelta para buscar el remedio, pero el sexto sentido hizo que volteara la cabeza para mirar a su asesino. Ya éste había sacado la Ingram del maletín que llevaba a medio abrir. Y lo rafagueó. Joselito intentó protegerse con la mano derecha, o quizá intentó agarrar el arma asesina en mano del asesino. El rafagazo lo impacto todo el cuerpo, de abajo hacia arriba, y le comprometió abdómen, tórax, cuello, cara y cráneo. La muerte fue instantánea. Tocó todos los órganos vitales. Grandes vasos de abdómen, corazón y aorta, cara y cerebro. Su mano derecha también recibió balazos. Su vida fue arrancada de un tajo, en cuestión de dos segundos, o tres, o diez, que duró el rafagazo. Que había sido decidido por una mente enferma. Ejecutado por mentes enfermas, como la de los que dispararon. Sus asesinos, los que dispararon, pertenecían a la banda de los ‘Morrocoyos’, cuyos jefes vivían en el barrio La Bolivariana, que queda detrás de la Farmacia. A su vez, los jefes respondían al jefe narco-paramilitar Hernán Giraldo. Y él a su vez recibía órdenes de los militares y la policía. Dicen que en esta ocasión se saltaron el conducto regular y al jefe de los ‘Morrocoyos’ le dio directamente la orden el jefe de inteligencia del batallón Córdoba.

Después llegó Hortensia, como a la hora. Llegaron ‘las autoridades’ a practicar el levantamiento del cadáver. Su traslado a medicina legal, la autopsia, la espera por el cadáver. La llegada de la Funeraria, el cajón, el dolor, el velorio. La llegada de los que de verdad lo sintieron. Quizá la insania de alguno de los asesinos, o sus amigos, para verificar el ‘éxito’ de la operación de exterminio. Pero allí comenzó a rondar una energía invisible. Era el dolor que se manifestaba, que llenaba los rincones de su casa, que salía de las células de sus hermanos, de su mujer, de sus hijos e hijas. Ese dolor sublimado, impotente, acusador. Todos sabíamos quiénes lo habían matado y quiénes habían dado la orden. Pero no se movió ninguna mano para tomar justicia por propia mano. La justicia se la dejamos a Dios. Dolor sublimado, interiorizado y exteriorizado, internalizado. Dolor por una muerte absurda, innecesaria, injusta. Dolor por una vida a los 53 años segada por la decisión de una mente enferma que vive de la carroña de la guerra. Que vive como ave de carroña, como gallinazos, y se rodea de aves de carroña. Siempre, por siempre y para siempre serán ellos carroña.

Con el asesinato de Joselito acabaron la vida de su familia. Acabaron con la vida de una zona en donde se vivía el amor, la solidaridad, la familiaridad, la vecindad. Todos recordaban después que Joselito siempre era la persona que tenía tiempo para escucharlos cuando tenían problemas, los aconsejaba, les daba amor. Otros recuerdan que cuando andaban afanados por dinero, Joselito les prestaba lo que tenía y a veces se endeudaba para ayudar a un amigo. “Si él me pide prestado, yo le presto lo que tenga. A él nadie más le va a prestar, en cambio a mí me pueden prestar quién sabe cuántos amigos”, decía. Otros recuerdan que él les escuchaba los cuentos de sus amoríos y les decía “con esa hembra no te metas, que te puede traer problemas”. Otro recordó que Joselito fue el sostén solidario cuando tuvo problemas con una bandita de malandros y él frenteó a los manes y les dijo, “Eche, locos, dejen a ese man quieto porque él es buena gente. Si lo siguen jodiendo van a tener problemas con todo el barrio”, y los malandrines se aquietaron. Igual hacía en las parrandas, invitaba a los que podía. Claro que a veces se emputaba y más de uno probó la contundencia de sus puños. Pero después de la pelea, les decía “No joda, esto no está bien. ¿Para qué peleamos? Mejor vamos a beber ron”, y se iban de parranda.

¿Quién, que mente enferma pudo haber mandado asesinar a Joselito? Ahora lo sabemos. Los que lo ejecutaron son delincuentes, malandros, asesinos, drogadictos. Eso lo sabemos. Después del asesinato pasaron por el retén, siguieron por el Yucal y allí, en la casa de Pacheco, se pusieron a festejar ‘el éxito’ de la acción criminal, con el resto de la banda. Hubo ron, hubo cerveza, hubo perico y también pastillas. Festejaban los asesinos el haber matado a un hombre bueno, a un ser amoroso.

A Joselito le habían hecho la ‘inteligencia’. Sabían que casi siempre estaba solo en la Farmacia. Sabían que siempre estaba desarmado. Sabían que sólo a la hora del almuerzo estaba acompañado y a veces a las 4 iba la vieja Hortensia para estar con él, y después cuando cerraba se iban para su casa a tomar tinto y a hablar. O las más de las veces llegaba directamente a la casa y allí lo esperaba. Era una rutina conocida y detallada por el ‘bolitero’ que desde tres meses antes se había apostado en la acera del billar de enfrente. Así que los asesinos, los ‘valientes’, sabían que iban sobre seguro para masacrar un hombre cuya única protección contra las balas era su sinceridad, su don de gentes, su honradez. Un hombre, desarmado, que decía las cosas de frente, sencillamente, sin rodeos ni florituras ni poses. Un hombre que nunca había sido de izquierda, ni sindicalista, ni antigobiernista. Joselito era liberal, militaba en el grupo político de Juan Carlos Vives, y en una ocasión por allá en 1982 aspiró al Concejo de Santa Marta porque nuestro padre lo metió en el embeleco y lo hizo ubicar como suplente de una miembro de una lista de Miguel Pinedo. Después de ese ‘lapsus’ como lo llamaba él, regresó a las filas de Juan Carlos. No tenía más dinero que el que se ganaba con su salario de administrador-aseador-dependiente de la Farmacia de la hermana. Una Farmacia que ella sostenía para sostenerle a él un trabajo. Una Farmacia que después de la muerte de Joselito llegaron unos ‘paracos’ con la pretensión de comprársela porque el ‘lugar era estratégico’.

De un tajo acabaron con los sueños de sus hijos de terminar sus estudios. Quitaron de unos balazos la presencia entrañable de un ser entrañable para sus hijos. Para sus hermanos. Para sus vecinos. Para mí. Sólo los cobardes actúan de manera cobarde. Los cobardes tienen que saber que a un hombre no se le mata así, a mansalva, sin oportunidad de defensa, arteramente. Los cobardes que tiemblan cuando un hombre de verdad los enfrenta, aún sin armas. Como los enfrentó Joselito. Como los enfrentan otros. Esos cobardes van recibiendo su merecido. Los sicarios fueron asesinados por sus propios compañeros. La banda desarticulada por sus propios protectores y manejadores. Los jefes presos por uno de los cientos de asesinatos, hoy purgan cárcel, pero cuando los necesiten de nuevo los sacan y los reutilizan.

Su entierro fue multitudinario. Fue todo el barrio. Llegaron amigos de Santa Marta. Llegaron los familiares de El Banco. Llegaron amigos del pueblo. Estaban también los ‘paracos’, diseminados en sitios estratégicos, tratando de hacer pasar desapercibida su ostensible y abominable presencia. “Quizá esperaban que tú o Joche fueran entierro para asesinarlos”, me dijo un amigo. Donaldo, su amigo de politicar en el grupo de Juan Carlos, hizo un discurso dolido, encendido, acusador, exigiendo castigo por el asesinato. Pero los amigos prudentes, adictos a la prudencia, le impidieron que lo dijera en el cementerio. La prudencia mataba el sentir de quien no podía sentir corpóreamente. “Las cosas hay que decirlas de frente, en el momento preciso”, era una de sus sentencias preferidas. Sólo habló Luchito. Nadie sabe de dónde sacó fuerzas. Nadie sabe de dónde sacó las palabras que dijo. Él era uno de los que más perdía con la muerte de Joselito. Era el hermano que lo comprendía por encima de todo y de todos. Lo enterraron al lado de sus primos, los amigos que se fueron antes. Juan José, muerto tras una absurda caída desde el carro, un día de parranda de los tres. Ricardo Torres, que cayó fulminado por una cetoacidosis diabética. Y ahora Joselito, que sólo cede su vitalidad ante el ataque artero de unos asesinos cobardes y viles.


¿Y el que dio la orden? No lo sé, nunca lo he querido saber. Seguramente disfrutando del merecido ascenso por la encomiable labor cumplida al frente de la Inteligencia del Batallón Córdoba de Santa Marta. Algún día aprenderá, si es que no lo ha hecho, que así no se mata un hombre inocente.



HerVaTol

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